DESDE MI VENTANA: La ironía de una introvertida que odiaba la escuela



Photo by Nathan Cima on Unsplash

In this post I share my memories as a student in Lima. School was not easy for me, but today I can look back with new eyes and learn from that experience.

Mi primer recuerdo de la escuela primaria es de miedo, inseguridad y mucho temor. Soltar la mano de mi papá para dársela a la monja que me llevaría a mi primera clase es la primera escena que quedó grabada en mi memoria.

Asistí a un colegio de monjas en Lima, Perú. En aquella época, éramos 40 niñas por aula, 80 si sumabas las secciones A y B. Es decir, un profesor tenía bajo su responsabilidad a 80 estudiantes. Mis maestras veían su labor como un trabajo rutinario: no recuerdo que ninguna me haya llamado por mi nombre. Siempre fui “Robles aquí, Robles allá”. Ese trato impersonal y frío me hizo sentir ajena, y yo, en respuesta, les negué mi afecto. Nunca me abrí con ellas ni con mis compañeras. Apenas tuve una o dos amigas durante toda la primaria.

La secundaria fue igual o peor. Nunca fui popular: no destacaba en inglés, educación física ni arte. Sin embargo, me refugiaba en el español. Me gustaba saber dónde iba una tilde, qué sinónimo podía reemplazar otra palabra. Lo admito: mis años escolares no forman parte de mis recuerdos preciados, todo lo contrario.

En los 90, los profesores podían ser muy estrictos: levantaban la voz y, a veces, te avergonzaban frente a toda la clase. Para una chica introvertida como yo, la escuela era un suplicio más que un refugio. Entre mis pocas amigas podía ser elocuente, pero en público era retraída. Hasta hoy me pregunto cómo superé aquellas presentaciones orales. Hablar en público no era lo mío… y sin embargo, irónicamente, me gustaba cuando estaba en confianza.

Jamás imaginé que años después obtendría un título universitario en Educación. Y mucho menos que regresaría a una escuela, esta vez como profesora. Quizás, en el fondo, siempre quise vencer aquel monstruo que me acompañó en los 90: el miedo a la escuela.

Al empezar mi carrera como docente en Chequia, solía ser más estricta de lo que soy hoy. Y es que es difícil romper con el molde con el que uno crece. Aquí los estudiantes llaman a sus profesores por su apellido y siempre de usted. Yo, en cambio, decidí algo diferente: para mis alumnos soy “Margarita” a secas, y para mí ellos son nombres, no apellidos. Claro que suena raro que una niña de 14 años me diga “Margarita” 😅, por eso algunos prefieren decirme “Sra. Margarita”. Y está bien, porque una relación se construye con el tiempo.

Este camino, que elegí voluntariamente, me ha ayudado a descubrir lo importante que es la palabra: propósito.

Tu pasión, tu carrera, tu trabajo… no siempre son lo mismo que tu propósito. Como dice el conferencista motivacional Jay Shetty: “Tu propósito no necesariamente es tu trabajo, hacer dinero o ser famoso. Tu propósito es algo que haces incluso los fines de semana, o en las noches. Tu propósito es algo que nadie puede quitarte.”

Reflexionando en esto, creo que mi propósito es compartir mi viaje, mis experiencias y mis anécdotas con quien necesite leerlas. Mi carrera irá creciendo, mi trabajo quizá me lleve a otra ciudad… pero mi propósito seguirá siendo el mismo: compartir historias, guiar a mis estudiantes en su aprendizaje, recordar que aprender es cometer errores una y otra vez hasta acercarnos a la meta.

Sin apellidos. Imperfectos. Humanos.

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